Estoy aquí para contarte una historia griega...
Sí, es mitología. Y sí, se pone complicada.
Probablemente deberíamos empezar con Eros, el antiguo dios griego del amor, porque técnicamente Cupido vino después. Mucho después. Fueron los romanos quienes tomaron a Eros, lo rebautizaron como Cupido, le pusieron alas, le quitaron un poco del drama, lo hicieron regordete y adorable y, de pronto, terminó siendo responsable de las tarjetas de San Valentín y los globos en forma de corazón. Pero, honestamente, esa es otra historia.

En la mitología griega, Eros no era tierno ni juguetón. Era considerado una fuerza primordial, más antigua que la razón y más poderosa que la voluntad. El amor, a través de Eros, no era moral ni inmoral; era inevitable. Sus flechas no creaban romances, alteraban destinos. Un instante, una mirada, y una vida podía cambiar de rumbo, ligeramente o por completo.
Por eso existe el amor a primera vista. No porque no haya una razón, sino porque la razón habita en un lugar más profundo que la lógica. Nuestros recuerdos, nuestras intuiciones y nuestros deseos no dichos se preparan mucho antes de que llegue el momento. Lo que parece repentino no es más que reconocimiento: el corazón recordando algo que la mente todavía no ha aprendido a explicar.

Eros no inventa el amor; interviene únicamente cuando una historia ya está lista para comenzar. Su flecha no crea sentimientos, los despierta. Aquello que llamamos un hechizo no es más que instinto, memoria y tiempo alineándose perfectamente en una sola mirada.
Y quizá vivir bajo el hechizo de Cupido también explique por qué ciertos deseos aparecen sin explicación, por qué algunas formas, texturas y siluetas nos atraen antes de que sepamos siquiera cómo llamarlas, por qué hay cosas que deseamos y cosas que elegimos sin comprender del todo dónde comenzó esa atracción.
Se sienten familiares, reconfortantes, casi inevitables. No porque sean producto del azar, sino porque, de alguna manera silenciosa, ya nos pertenecían; elegidas mucho antes de que aprendiéramos a reconocerlas.
Así que sí, podemos culpar a Eros, podemos culpar a Cupido, pero en el fondo sabemos que esa historia ya había sido escrita para nosotros.